SANTIAGO CABANES GABARDA

miércoles, 27 de septiembre de 2023

Ciudades e Imperios, una historia universal de la difusión del hecho urbano.

CIUDADES E IMPERIOS.
Publicado por Santiago Cabanes Gabarda en 6:48
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CIUDADES E IMPERIOS.
Interrogatorio policial a Celia Vázquez. Un cuento de Navidad.

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En la revista Archivos del Sur. Año 2009.

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MICRORELATOS

Añadimos algunos microrrelatos del autor.

EL CUENTO QUE LO NARRABA TODO.

“El amor de los ángeles, la imagen distante y serena que todo lo juzga.”

Durante años me encontraba persuadido que este era el célebre cuento de Ibrahim Ben-Zahira, uno de los mejores fabulistas orientales de la época de las mil y una noches, que aseguraba que poseía un cuento que contenía a todos los demás y que, para mayor asombro, no era más largo que una breve sentencia. Al parecer se llevó su secreto consigo a la tumba, dejando tras de sí una gran controversia. ¿Podía realmente una sola frase encerrar el significado de todas las preguntas, podía contener todas las historias y fábulas existentes y futuras?

Muchos años después, un grupo de paleógrafos y arqueólogos desempolvaron sus últimos textos y hallaron una frase fuera de lugar. Una breve línea al margen de los restantes escritos. Los expertos se echaron las manos a la cabeza admirados y creyeron haber encontrado el célebre cuento, la fabula que encerraba todas las demás, la última broma del genial maestro. Al transcribirla generaron una honda polémica:

-Soy yo, aquí y ahora.

CANELA.

Mis padres me advirtieron que no soltara a la perrita. Nuestra Canela, la llamábamos así por el color dulce de sus ojos. Era de pequeño tamaño, movimientos inquietos y hocico alargado; patas cortas, pero fuertes y de palmas asentadas; ladina y de pasado callejero, poseía varios mechones blancos y negros.

Yo era entonces un niño de seis años, y adoraba aquel animal. El día que papá lo trajo a casa fue una auténtica fiesta. Prometí cuidarlo, lavarlo, sacarlo a pasear y jugar con él. Y cumplí mi promesa, no me importó asumir la responsabilidad. Era mi mascota, mi mejor amiga. Por eso, la tarde que mis padres salieron no les obedecí, solté a Canela y comencé a jugar con ella en el patio de casa. Al principio todo iba bien, correteábamos felices, pero después, aprovechando un descuido, el animal salió a la calle, con tan mala suerte que un coche lo atropelló.

Mi mundo infantil se vino abajo. Me acerqué al animal y le recogí. Mi cara estaba bañada en lágrimas imprevistas, ingenuas, todavía no percibidas, sin nombre y sin palabras, pero amargas y sinceras. Canela no tenía manchas de sangre, pero estaba destrozada por dentro, y jadeaba lastimosa y entrecortadamente. Debía avisar a mis padres lo antes posible, y les llamé al móvil. A través del auricular les escuché que acudirían al instante, y preguntaron si la había soltado en contra de sus indicaciones. Por un impulso, en un instante, respondí que no, afirmé que se había escapado ella sola.

Quedé intranquilo, incluso en mi inocencia infantil entendía que había elementos que no cuadraban con mi mentira. Me sobrepuse a mi dolor hiriente, sequé mis lágrimas con el puño, y volví a colocar el collar en el cuello de la perrita, que yo había liberado, y rompí la correa, que ya estaba bastante desgastada, para que todo pareciera un accidente. Cuando regresaron mis padres ya era tarde, Canela había muerto. Volvieron a preguntarme qué había ocurrido. Les dije que yo había estado jugando con ella sin soltarla –era lo más verosímil-, pero que después me había metido en casa a ver los dibujos animados de la tele. Cuando había vuelto a salir ya había ocurrido el desastre. Ellos me creyeron, y a pesar de mi dolor, a pesar de mi angustia, esquivando la culpa que tanto me sofocó durante los días siguientes, mantuve la infame mentira durante años.

Esta fue la primera vez que escribí un relato, desde la amargura, el engaño y la responsabilidad quebrada. Desde ese momento decidí que quería ser escritor.

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